Porque recordar también es una forma de amar, y darles un lugar en nuestras tradiciones es una manera de decirle al mundo que existieron, que son nuestros hijos y que siempre serán parte de nuestra historia.
La tradición del Día de Muertos nos permite, como mexicanos, honrar a quienes partieron antes que nosotros. Es una celebración en la que la memoria, el amor y nuestras raíces se encuentran para recordarnos que hay ausencias que nunca dejan de tener presencia.
En nuestro caso, nos toca aprender a decir adiós cuando todavía esperábamos una vida por delante.
La palabra adiós proviene de la contracción de la antigua expresión r
eligiosa «a Dios», utilizada en fórmulas como «a Dios te encomiendo». Al despedirnos de alguien, originalmente lo poníamos bajo la protección y el cuidado de Dios.
Durante el proceso de duelo, también podemos experimentar enojo con nuestras deidades, sean espirituales o religiosas. Es parte de las emociones que pueden surgir ante una experiencia que nunca debió ocurrir. Sin embargo, personalmente, encontrar en el significado de esta palabra la posibilidad de entregar a nuestros hijos a algo más grande que nosotros me dio paz en algunos momentos del duelo.
Y quizá de eso también se trata recordar: encontrar formas de seguir amando, incluso cuando ya no podemos abrazar.
Un día que comenzó mucho antes
El día inició temprano. Bety, Mercedes, Óscar, Merlin y José Antonio acudieron a sus respectivas citas de maquillaje. Pero aquellos maquillajes no eran simples caracterizaciones para una celebración; estaban cuidadosamente planeados para representar algo de sus hijos.
Los preparativos habían comenzado semanas atrás. No se trataba únicamente de organizar la logística de un evento, sino de participar en las reuniones informativas de «Las Catrinas del Recuerdo», el contingente con el que desfilarían para honrar la memoria de sus bebés.
Había que preparar el vestuario, colocar cada flor y cuidar cada detalle. También cumplir con los lineamientos establecidos: vestimenta blanca con detalles en naranja y morado. Registrarse, realizar los pagos correspondientes, recoger los identificadores en las fechas indicadas y atender cada requisito.
Detrás de cada elemento había una intención: llevar a sus hijos consigo, hacerlos visibles y darles un lugar en una tradición que celebra la memoria de quienes ya no están físicamente.
Sin embargo, conforme avanzaban los preparativos, también aparecieron las dudas.
Las condiciones del desfile implicaban llegar muy temprano, esperar dentro de las vallas, permanecer durante varias horas bajo el sol, caminar toda la tarde y hasta la noche, y procurar no consumir demasiados alimentos o líquidos ante la preocupación de no poder acudir fácilmente a los sanitarios.
Además, existía el compromiso de permanecer durante todo el recorrido.
Todo esto generó una mezcla de emociones. Para algunos, las condiciones físicas y logísticas terminaron siendo un motivo para desistir de participar en el contingente.
Merlin y José Antonio decidieron no desfilar, pero eso no significó renunciar a su intención de honrar a Josecito. Ambos asistieron a Reforma, maquillados y caracterizados para la ocasión. Encontraron su propia manera de estar presentes y recordar a su hijo.
Porque no existe una sola forma de honrar a nuestros bebés, ni una única manera de vivir el duelo.
Caminar por ellos, caminar con ellos
Bety, Mercedes y Óscar tenían muy clara su decisión: participarían en el desfile, y así lo hicieron.
Se organizaron para caminar juntos, acompañarse y tomarse fotografías. Lo que inicialmente parecía una jornada interminable terminó convirtiéndose en una experiencia que, aunque duró muchas horas, se les hizo corta.
Durante el recorrido descubrieron cosas que no habían considerado en los preparativos: podían llevar un pequeño banco para descansar, salir a los sanitarios y comprar algunos snacks o agua para mantenerse hidratados.
Pero, sobre todo, conocieron a otras familias que también habían atravesado la dolorosa experiencia de la muer7e de un hijo o una hija durante la gestación, el nacimiento o la infancia temprana.
Y entonces sucedió algo difícil de describir.
Mientras avanzaban, algunas personas del público se daban cuenta de lo que representaban. No eran simplemente participantes caracterizados para el Día de Muertos. Eran madres y padres caminando para recordar a sus bebés.
Las emociones los desbordaron hasta las lágrimas.
Mercedes impactó profundamente a los asistentes al cargar la cobija de Luna entre sus brazos, como si estuviera cargándola a ella. Óscar llevaba su fotografía y Bety sostenía la imagen del ultrasonido de Zoe.
Cada uno llevaba consigo una representación de ese amor que no desaparece.
Desde las vallas, las personas los saludaban y comentaban:
«Mira, van recordando a sus bebés».
Y mientras las lágrimas recorrían sus rostros, algo importante estaba sucediendo: sus hijos estaban siendo vistos, reconocidos y nombrados.
Por unas horas, aquellas historias que tantas veces permanecen en silencio ocuparon un espacio público. La gente pudo mirar de frente una realidad de la que poco se habla: los bebés también mueren y sus familias también atraviesan un duelo profundo.
Visibilizar lo que muchas veces permanece en silencio
El objetivo se había cumplido.
Participar en «Las Catrinas del Recuerdo» fue mucho más que formar parte de un desfile. Fue una manera de visibilizar la muerte gestacional, perinatal y en la infancia temprana; de darle voz a todos nuestros hijos e hijas y de recordarle al mundo que sus vidas importan.
Porque el dolor de perder a un bebé puede ser profundamente solitario. En ocasiones, las familias no encuentran espacios para hablar de sus hijos, mostrar sus fotografías, compartir sus recuerdos o expresar cuánto los extrañan.
A veces, la sociedad no sabe cómo acompañar estas experiencias. Otras veces, simplemente prefiere no hablar de ellas.
Por eso, actos como este tienen un significado tan importante.
Desfilar con una fotografía, una cobija, un ultrasonido o un símbolo que represente a nuestros hijos es también una declaración de amor. Es decir: existieron, fueron esperados, fueron amados y siempre serán nuestros hijos.
No importa cuánto tiempo estuvieron con nosotros. Su existencia dejó huellas, transformó nuestras vidas y continúa formando parte de quienes somos o de nuestra nueva versión de nosotros mismos.
El Día de Muertos nos ofrece una oportunidad para honrar su paso por este mundo desde nuestras tradiciones, nuestra cultura y nuestra identidad como mexicanos.
No se trata de olvidar ni de cerrar una historia. Se trata de aprender a vivir con su ausencia, encontrando nuevas formas de mantener vivo su recuerdo.
El amor trasciende
Quizá nunca imaginamos que algún día tendríamos que aprender a caminar sin nuestros hijos. Tampoco imaginamio que llegaríamos a cargar sus fotografías, sus cobijas o las imágenes de sus ultrasonidos para hacerlos presentes ante otras personas.

, entre flores, maquillaje, colores y lágrimas, caminamos por ellos y con ellos.
Pero ese día nos hizó ver que recordar también puede ser un acto colectivo, que nuestras historias merecen ser escuchadas y que nuestros bebés tienen un lugar en el mundo, en nuestras familias y en nuestras tradiciones.
Gracias, Luna, Zoe y José, por sus vidas; por transformar el amor y permitir que trascienda a través de los pasos de sus mamás y papás.
Porque hay amores que no terminan con una despedida. Hay vidas que, aunque breves, dejan una huella para siempre.
Y hay pasos que seguimos dando en su nombre.
Escrito por: Angélica Jiménez
Acerca de: Angélica es Maestra en Psicoterapia Transpersonal (Ced:11988920 ), Diplomada en Tanatologia, ICO, Viajera, Colaboradora de ECA y mamá de Luis Gabriel que vive en «El lugar de nunca jamas» y del señor crio de este lado del mundo.
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